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CURIOSIDADES URBANÍSTICAS SEVILLANAS

Época romana

La representación de la ciudad de Sevilla como una mujer con una corona mural (la torre en la cabeza) es una de las alegorías más antiguas y profundas de la capital hispalense, estrechamente ligada a su pasado romano.

Esta iconografía se fundamenta en el mundo clásico. La diosa Cibeles (también Tyche o Fortuna, deidades protectoras de las urbes) era representada portando una corona con forma de muralla y torres exentas. Este atributo romano indicaba que la deidad defendía y otorgaba prosperidad e inmunidad a la ciudad.

Al heredar esta estética grecorromana, los artistas renacentistas, barrocos e ilustrados personificaron a Sevilla (Híspalis) como una matrona majestuosa coronada con torres. Un ejemplo arqueológico muy famoso es la escultura romana del siglo II conservada en el Museo Arqueológico de Sevilla, que muestra una cabeza femenina con esta tipología y que tradicionalmente se identificó con la propia ciudad.

Esta misma iconografía se trasladó a las grandes obras religiosas de la ciudad. En los relieves decorativos, frisos y heráldicas que rodean el entorno del Retablo Mayor y las capillas de la Catedral de Sevilla se recurre habitualmente a la personificación de la ciudad como esta mujer amurallada para dejar constancia del patronazgo local.

Época musulmana: saturación del tejido urbano y desplazamiento industrial hacia Triana

Junto al comercio de pequeña escala agrupado en el zoco, coexistieron actividades manufactureras que requerían terrenos de gran extensión. La localización de estas industrias dentro de la urbe medieval estuvo condicionada por la disponibilidad de suelo y la densidad de edificación. Al tratarse de negocios de propiedad privada y carecer de las garantías o la permanencia de las fundaciones piadosas, estos talleres resultaban vulnerables a la presión inmobiliaria, siendo relegados a las afueras a medida que aumentaba la demanda de espacio dentro de la medina.

Esta dinámica de expulsión artesanal por falta de suelo interior queda ampliamente reflejada en la documentación de la época. Un ejemplo claro es el tratado del hispalense Ibn ‘Abdūn a comienzos del siglo XII, donde se estipula que la producción de tejas y ladrillos debía trasladarse fuera de los muros de Sevilla, situando los alfares cerca del foso exterior por contar con parcelas más amplias. Este testimonio histórico evidencia dos realidades fundamentales de la Sevilla de la época: la medina había agotado prácticamente sus áreas edificables libres y, hasta ese momento, resultaba habitual que dichas industrias contaminantes o voluminosas operaran en el interior del recinto amurallado.

La Torre del Oro

Ubicada a orillas del Guadalquivir, la Torre del Oro representa uno de los emblemas más icónicos de la Sevilla islámica junto a la Giralda. Su supervivencia hasta nuestros días constituye un logro notable, ya que a lo largo de la historia ha superado múltiples catástrofes naturales y amagos de demolición. Erigida en 1221 por orden del gobernador almohade Abu el-Ola, la estructura estuvo unida originalmente a las murallas de la ciudad hasta que en 1821, durante el Trienio Liberal, el muro defensivo fue derribado, dejando el torreón aislado y expuesto incluso a intentos de venta para extraer materiales.

El diseño original constaba de dos tramos de planta dodecagonal. El inferior presenta una sólida construcción en sillería de piedra arenisca con tres niveles interiores abovedados y una escalera hexagonal. El segundo tramo, fabricado en ladrillo, añade almenas decorativas e influjos estilísticos como arcos ciegos, saeteras y piezas de cerámica vidriada. El tercer cuerpo, una linterna cilíndrica rematada con una cúpula de ladrillo y cerámica amarilla, fue añadido en 1760 por el ingeniero Sebastián van der Borch, momento en el que también se macizó el interior de la sección intermedia para reforzar la estructura. El célebre nombre del edificio procede precisamente del tono amarillento del revestimiento que la cubría desde épocas antiguas.

Su ubicación costera y antigüedad la han hecho especialmente vulnerable a las crecidas del río y a numerosos seísmos. El terremoto de 1504 exigió asegurar el edificio con tirantes metálicos, mientras que el devastador terremoto de Lisboa en 1755 hizo considerar seriamente su derribo, aunque finalmente se optó por consolidarla mediante rellenos y arreglos en los huecos. Tras el retiro de sus edificaciones adosadas en 1821, la torre pasó a albergar la Comandancia de Marina al año siguiente. Nuevos temblores durante el siglo XIX motivaron sucesivas reparaciones, destacando la gran intervención de 1899 dirigida por Carlos Halcón, en la que se reestructuraron las bóvedas, se reabrieron ventanas cegadas y se restituyeron almenas.

Reconocida como Monumento Nacional en 1931 y adaptada como Museo Naval a partir de 1944, la torre volvió a sufrir daños por un terremoto en 1969, lo que llevó al arquitecto Rafael Manzano a reforzar el cuerpo barroco y las bóvedas. Trabajos posteriores, como los realizados en 1976 y la posterior retirada de elementos en 2004, han buscado devolver al monumento una fisonomía lo más cercana posible a su estado histórico original.

Siglo XVIII: La revisión del papel defensivo de las murallas

En la Sevilla del siglo XVIII, las murallas medievales ya no desempeñaban una función eminentemente militar contra ejércitos invasores, pero lejos de ser consideradas un estorbo que debía demolerse —como ocurrió en muchas otras urbes europeas de la época—, su valor se redefinió bajo dos nuevos prismas:

  • Protección contra el río Guadalquivir: El motivo fundamental para el mantenimiento y continua restauración del perímetro amurallado fue su papel como dique de contención frente a las devastadoras riadas del río. Tras la severa inundación de 1783, el asistente López de Llerena ordenó la reconstrucción urgente del lienzo que discurría desde la Puerta de San Juan hasta la de Goles. Posteriormente, tras la riada de 1793, el Ayuntamiento invirtió sumas elevadísimas para rehabilitar los tramos entre la Barqueta y la Puerta del Sol, y entre la Puerta de Jerez y la Torre del Oro. Las murallas actuaban como una pantalla física esencial para evitar el anegamiento y la destrucción del caserío interior.
  • Valor iconográfico, fiscal y simbólico: Los muros y sus accesos pasaron a entenderse como el testimonio visible de la antigüedad y la grandeza de Sevilla (la Colonia Iulia Romula Hispalis romana). Las puertas no solo se reestructuraron y embellecieron (como la Puerta de Triana en 1787, la de la Macarena en 1795 o la de San Fernando), sino que se convirtieron en lienzos donde se pintaban referencias a los orígenes míticos (Hércules y Julio César) o a la Reconquista (San Fernando). Además, mantenían una utilidad administrativa imprescindible como aduana y cinturón de control fiscal para el cobro de arbitrios e impuestos sobre las mercancías entrantes.

Siglo XIX: La paradoja de la invasión francesa

La ocupación de las tropas napoleónicas en Sevilla entre 1810 y 1812 representó una contradicción urbana y patrimonial: mientras que supuso un nefasto expolio artístico y la pérdida de valioso patrimonio eclesiástico, actuó como el catalizador definitivo para la modernización y apertura del centro histórico.

Durante todo el siglo XVIII, las autoridades ilustradas locales (como Pablo de Olavide o los miembros del cabildo) desearon reformar la densa e irregular trama urbana medieval para aportar «seguridad, hermosura y comodidad». Sin embargo, la imposibilidad legal, la falta de fondos y la férrea oposición de las órdenes religiosas impedían tocar las grandes manzanas conventuales que asfixiaban la circulación en el casco antiguo.

Con la llegada de José I Bonaparte, impulsado por ideales reformistas de cuño parisino y por la necesidad militar estratégica de contar con amplias explanadas abiertas para concentrar tropas y controlar posibles revueltas, se dictaron decretos drásticos de expropiación y derribo.

Gracias a estas demoliciones forzosas de templos y recintos conventuales (como el convento de la Encarnación, la casa madre de los franciscanos o las parroquias de Santa Cruz y la Magdalena), se liberaron grandes solares en el corazón de la urbe. Esta actuación traumática abrió la puerta a ensayos urbanísticos sin precedentes:

  • Permitió proyectar la plaza de la Encarnación como el intento de dotar a Sevilla de una auténtica Plaza Mayor neoclásica dotada de un mercado regular de abastos.
  • Sentó las bases para la futura creación de la Plaza Nueva en los terrenos de San Francisco.
  • Inició los primeros planes de alineación rectilínea de calles (como el eje de la calle Lineros a Francos ideado por Echamorro en 1821) para conectar estas nuevas plazas civiles con los antiguos centros monumentales y religiosos.

FUENTES:

Ministerio de Cultura y Deporte. (s. f.). Cabeza de Tyché [Ficha de obra]. Red Digital de Colecciones de Museos de España (CERES). https://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?txtSimpleSearch=Cabeza%20de%20Tych%E9&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=&MuseumsRolSearch=1&listaMuseos=null

Navarro Palazón, J., & Jiménez Castillo, P. Algunas reflexiones sobre el urbanismo islámico.

Soraluce Blond, J. R. (2008). Historia de la arquitectura restaurada: De la Antigüedad al Renacimiento. Universidade da Coruña.

Ollero Lobato, F. Ciudad e ilustración: Transformaciones urbanas en Sevilla (1767-1823). Universidad Pablo de Olavide.

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